La invasion del mar
La invasion del mar Como interesaba que desde el primer día estuviera asegurado el aprovisionamiento del kilómetro 347, el ingeniero y el capitán Hardigan estuvieron de acuerdo en enviar mensajeros a Nefta o a Tozeur. Al efecto escogieron a los dos conductores de carros, que conocían perfectamente el camino, por haberlo recorrido muchas veces con las caravanas. Eran dos tunecinos, en los que se podía depositar una confianza absoluta. A la mañana siguiente, al rayar el día, los dos hombres partirían para regresar al Melrir algunos días después con abundante provisión de víveres. Llevarían dos cartas, una del ingeniero para un alto empleado de la compañía, otra del capitán Hardigan para el comandante militar de Tozeur.
Después del almuerzo, el ingeniero y el capitán Hardigan conversaban bajo la tienda, al abrigo de los primeros árboles del oasis.
—Ahora, mi querido Hardigan —dijo el señor de Schaller—, dejemos a Pistache, al señor Francois a los soldados proceder a las últimas instalaciones… Quisiera darme cuenta más exacta de las reparaciones que hay que hacer en esta última sección del canal.
La recorrió en toda su extensión para evaluar la cantidad de escombros que habían sido echados al interior.
Y, a propósito de esto, dijo a su compañero: