La invasion del mar
La invasion del mar Pero si la estancia en el kilómetro 347 habíase de prolongar, era necesario que el capitán Hardigan solicitase de las autoridades militares vecinas el envío de víveres para todo el tiempo que durase su estancia en el oasis.
Se recordará que desde el amanecer de aquel día, 13 de abril, pesados vapores se amontonaban en el horizonte. Todo anunciaba que la mañana, como la tarde, serían sofocantes. No había duda de que se preparaba hacia el norte una gran tormenta.
Y contestando a las observaciones que a este propósito hacía el cabo Pistache, dijo el señor Francois:
—No me extrañaría que tuviéramos una tormenta de las gordas, y desde que ha amanecido estoy esperando una verdadera lucha de elementos en esta parte del desierto.
—¿Y por qué? —preguntó Pistache.
Porque, cuando esta mañana me estaba afeitando, encontré que mis pelos se erizaban hasta tal punto, y estaban tan duros, que tuve que pasar dos o tres veces la navaja. De cada punta hubiérase dicho que se desprendía una microscópica llama.
—¡Es curioso! —exclamó el cabo, sin poner ni por un momento en duda las palabras de hombre tan grave como el señor Francois.