La invasion del mar
La invasion del mar Que el sistema piloso de este digno hombre gozara de propiedades elĂ©ctricas, como la piel de un gato, quizá no era nada. Pero Pistache lo admitĂa fácilmente.
—Y entonces… ¿esta mañana? —continuó mirando el rostro rasurado de su compañero.
—Esta mañana, es para creerlo. Mis mejillas, mi mentón, se sembraban de penachos luminosos…

—¡Hubiera querido verlo! —respondió Pistache.
Aparte de las observaciones meteorolĂłgicas del señor Francois, no habĂa duda de que la tempestad se estaba formando hacia el nordeste, y que la atmĂłsfera iba saturándose de electricidad.
El calor era sofocante. AsĂ es que, despuĂ©s de la comida, el ingeniero y el capitán acordaron dormir una buena siesta. Bajo la tienda habĂa una atmĂłsfera tĂłrrida, y ni el menor soplo de viento se propagaba a travĂ©s del espacio.
Este estado de cosas no dejaba de inquietar al ingeniero y al capitán. La tempestad no tardarĂa en descargar sobre el oasis de Gizeb. Los relámpagos empezaban a surcar el cielo por esta parte, y pronto oirĂase el estrĂ©pito del trueno. Tal vez el teniente dejarĂa que pasara la tempestad al abrigo del oasis, no regresando al campamento hasta la mañana siguiente.