La invasion del mar

La invasion del mar

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—Es posible que no volvamos a verle esta noche —observó el capitán Hardigan—. Si Villette hubiese salido a las dos, estaría ya a la vista del oasis.

—Nuestro teniente habrá hecho muy bien en no aventurarse con un cielo tan amenazador. Sería muy lamentable que sus hombres fueran sorprendidos por la tempestad en la llanura, donde no pueden encontrar ningún abrigo…

—Éste es mi parecer —concluyó el capitán Hardigan.

Transcurrió la tarde sin que nada anunciara la proximidad del teniente y sus espahíes; y sin que se oyeran los ladridos del perro. La pesada masa de nubes, rebasando el cenit, avanzaba lentamente hacia el Melrir. Antes de media hora la tormenta estaría sobre el campamento.

No obstante, el ingeniero, el capitán Hardigan, el cabo y dos de los espahíes estaban en la linde del oasis. Ante sus ojos extendíase la vasta llanura, alumbrada por los relámpagos.

En vano sus miradas interrogaron el horizonte. Ningún grupo de jinetes aparecía en lontananza.

—Seguramente el destacamento no se ha puesto en marcha —dijo el capitán—; no hay más remedio que esperarlo hasta mañana…

—Así lo creo, mi capitán —añadió Pistache—. Incluso, después de la tormenta, en la oscuridad sería muy difícil dirigirse hacia Goleah.


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