La invasion del mar
La invasion del mar —Villette es un oficial experimentado, y hay que contar con su prudencia… Volvamos al campamento, pues la lluvia no tardará en caer.
Apenas habÃan andado una veintena de pasos cuando el cabo se detuvo diciendo:
—Escuche usted, mi capitán.
Todos se volvieron.
—Me parece oÃr ladridos. ¿Será el perro del suboficial?
Todos prestaron atención. En los intervalos de calma no se percibÃa ladrido alguno. Sin duda, Pistache se habÃa engañado.
El capitán Hardigan y sus compañeros reanudaron el camino del campamento y, después de haber atravesado el oasis, los árboles del cual se curvaban bajo la violencia del viento, ganaron sus tiendas.
Unos momentos más y hubieran sido asaltados por las ráfagas que soplaban huracanadas en medio de una lluvia torrencial.
Eran las seis. El capitán adoptó sus precauciones contra el temporal, pues la noche se presentaba como la peor desde que la expedición habÃa salido de Gabes.
A pesar de que la tormenta justificaba la ausencia del teniente, el capitán y el ingeniero no dejaban de experimentar serias preocupaciones.