La invasion del mar
La invasion del mar A las seis y media, la tempestad estaba en todo su apogeo. Algunos árboles recibieron descargas eléctricas, y en poco estuvo que la tienda del ingeniero no sufriera la misma suerte. La lluvia caÃa a torrentes, y los arroyos, desbordados, convertÃan el suelo del oasis en una laguna. Al mismo tiempo, el viento hablase desencadenado con una horrible impetuosidad. Las ramas y las palmeras se rompÃan al impulso del huracán.
Era inútil intentar salir fuera. Afortunadamente, los caballos estaban al amparo de un enorme macizo de árboles capaces de resistir al vendaval, y, a pesar del espanto que les producÃa la tempestad, permanecieron en su abrigo.
No sucedió lo mismo con las mulas que habÃa en la explanada. Espantadas por las descargas eléctricas, y a pesar de los esfuerzos de sus conductores, escaparon a través del oasis.
Uno de los espahÃes lo comunicó al capitán Hardigan, que exclamó:
—¡Es preciso recuperarlas a toda costa!… —Los dos conductores se han lanzado en su persecución— contestó el cabo.
—Que vayan también dos de nuestros hombres —ordenó el oficial—. Si las mulas salen del oasis, será imposible cogerlas en la llanura, estarán perdidas.