La invasion del mar

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A pesar del azote de la tempestad, dos de los cuatro espahíes lanzáronse en la dirección de la explanada, guiados por los gritos de los conductores que se dejaban oír entre el fragor de la tormenta.

Por lo demás, aunque la intensidad de los truenos y rayos de la tormenta no disminuyó, ocurrió lo contrario con las ráfagas, que se redujeron de repente, apaciguándose el viento y la lluvia. Pero la oscuridad era tan densa, que no se veía nada más que a la luz de los relámpagos.

El ingeniero y el capitán Hardigan salieron de la tienda, seguidos por el señor Francois, el cabo y los dos espahíes que habían quedado en el campamento.

No hay para qué decir que, dado lo avanzado de la hora y la violencia de la tempestad, que seguramente duraría hasta media noche, nadie esperaba el regreso del teniente Villette. El oficial y sus hombres no se pondrían en marcha hasta el día siguiente, cuando el camino estuviera practicable.

¡Cuáles no serían, por tanto, la sorpresa y también la satisfacción del capitán y sus acompañantes cuando oyeron ladridos en dirección norte!

Esta vez no había lugar a dudas; un perro se dirigía hacia el oasis, y hasta podía asegurarse que se aproximaba rápidamente.

—¡Es el perro de Nicol, lo reconozco! —exclamó el cabo Pistache.


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