La invasion del mar

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En la parte inundable existían algunos oasis con sus datileras y sus campos, y era natural que se indemnizase la propiedad que había de quedar bajo el agua; pero según había calculado el capitán Roudaire, estas indemnizaciones no pasarían de la suma de cinco millones de francos, a cargo de la Compañía franco-extranjera, que pensaba resarcirse con los 2.500.000 hectáreas de tierras y de bosques cedidos por el Gobierno.

Entre los diversos oasis del Melrir, uno de los más importantes ocupaba tres o cuatro kilómetros superficiales en medio del Hinguiz, en su parte norte. Este oasis era muy rico en palmeras, dátiles de la mejor especie, que, transportados por la cáfilas, son muy solicitados en los mercados del Djerid. Se denominaba Zenfig, y sus relaciones con los poblados próximos, La Hamma, Nefta, Tozeur, Gabes, reducíanse a la visita de muy pocas caravanas durante la época de la recolección.

Bajo los grandes árboles de Zenfig vivía una población de trescientos o cuatrocientos individuos de origen tuareg, una de las tribus más inquietantes del Sahara. Un centenar de casas ocupaban toda aquella parte del poblado que había de convertirse en litoral. Hacia el centro, extendíanse los prados y los campos cultivados, que aseguraban la subsistencia a hombres y bestias. Un riachuelo destinado a ser uno de los brazos del nuevo mar, aumentado con pequeños ríos de la isla, era suficiente para las necesidades de la población.


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