La invasion del mar
La invasion del mar La primera etapa condujo a los prisioneros al lugar donde Sobar había hecho alto antes de atacar el campamento de Goleah. Allí se detuvieron los tuaregs, tomando toda clase de precauciones para impedir la huida del capitán Hardigan y sus compañeros. Tuvieron que pasar una noche espantosa, azotados por las violentas ráfagas de la tempestad, que no se calmó hasta el amanecer. Por todo abrigo tenían la frondosidad de un bosquecillo de palmeras. Pegados los unos a los otros, rodeados por los tuaregs, era imposible escapar. Hablar, sí podían; pero ¿de qué, no siendo de aquella agresión inesperada de la que acababan de ser víctimas? No tenían datos para sospechar que fuese aquello obra de Hadjar; pero el espíritu de rebelión esparcido entre las diversas tribus del Djerid, y especialmente del Melrir, explicaba suficientemente las cosas.
Algunos jefes tuaregs deberían saber la próxima llegada de un destacamento de espahíes a la obra… Los nómadas les debieron de hacer conocer que un ingeniero de la compañía venía a inspeccionar los contornos del Melrir, antes que los últimos golpes de pico hubieran vaciado el lecho de Gabes.
El capitán Hardigan empezó a comprender que el indígena encontrado la víspera en Goleah era un cómplice de los agresores, que les había tendido una celada.