La invasion del mar
La invasion del mar Al mismo tiempo que sus seis prisioneros, los tuaregs se adueñaron de los caballos que quedaban en el campamento, el del ingeniero, el del oficial, el del cabo y los de los dos espahíes. El señor Francois, que justo entonces había tomado sitio en uno de los carros de la expedición, después de la partida de Gabes, no tenía montura. Pero, a doscientos pasos de la obra, esperaban los caballos y los dromedarios que habían traído la banda de los tuaregs.
Los prisioneros fueron obligados a montar a caballo, mientras que un camello fue reservado al señor Francois, que debió, bien o mal, montar sobre él. Después, toda la tropa desapareció en medio de aquella noche tormentosa, bajo un cielo de fuego.
Hay que advertir que el perro de Nicol llegó en el momento del ataque, y no sabiendo que precedía al destacamento, Sohar le dejó marchar detrás de los prisioneros.
En previsión de lo que pudiera ocurrir, los piratas llevaban provisiones, que aseguraban la subsistencia de la banda hasta el regreso al oasis.
Pero el viaje iba a ser penoso, porque había que franquear unos cincuenta kilómetros entre la extremidad oriental del chott y el oasis de Zenfig.