La invasion del mar

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—Tiene usted razón, mi capitán —declaró el cabo—. Ese animal me fue sospechoso desde el primer momento.

—Pero entonces —dijo el ingeniero—, ¿qué habrá sido del teniente Villette?… Seguramente no habrá encontrado ni a Pointar ni a ninguno de los obreros en el oasis de Gizeb.

—Suponiendo que haya llegado hasta allí. Si Mezaki es el traidor que sospechamos, el único fin que se proponía era alejar del campamento a Villette y sus hombres…

—¡Y quién sabe si no se habrá reunido ya con la banda que ha caído sobre nosotros! —dijo uno de los espahíes.

—No me extrañaría —añadió Pistache—. ¡Y cuando pienso que hubiera bastado un cuarto de hora para que nuestro teniente cayera sobre estos árabes, librándonos de sus garras!…

—Efectivamente —asintió el señor FranQois—, el destacamento no debía de estar lejos, puesto que oímos los ladridos del perro en el instante que los árabes nos atacaban.

—¡Ah, ese perro! —repetía el cabo Pistache—. ¿Dónde estará? ¿Nos habrá seguido hasta aquí?… ¿Habrá vuelto en busca de su amo para decirle?…

—Aquí está, aquí está —dijo en aquel momento uno de los espahíes.


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