La invasion del mar
La invasion del mar Era Mezaki. Después de conducir el destacamento hasta Gizeb habÃa desaparecido, como sabemos, entre el fragor de la tormenta, y durante la marcha logró unirse a la banda de Sohar.
—¡No digáis nada a ese miserable! —exclamó el capitán Hardigan. Y como Mezaki mirara con cÃnico descaro, el oficial le volvió la espalda. Entonces fue cuando el señor Franqois se decidió a decir:
—Decididamente, ese tuareg no parecÃa ser una persona recomendable.
—¡Tú lo has dicho! —respondió Pistache, que al emplear esta vulgar locución tuteaba por primera vez al señor Franqois.
A la tormenta de la vÃspera sucedió un tiempo soberbio. Ni una nube en el cielo, ni el menor soplo de viento en la superficie de la tierra. Asà es que el camino se hizo muy penoso, por no encontrar oasis donde descansar de la fatigosa etapa. La tropa no encontrarÃa el abrigo de los árboles hasta la punta de Hinguiz.