La invasion del mar

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Era un orificio que, con muy poco esfuerzo, quedaría capaz para dar paso a un hombre.

—Vaya una suerte! —exclamó Pistache.

Sí, una suerte que había que aprovechar antes de que Hadjar estuviese de regreso en Zenfig.

Y, sin embargo, atravesar el poblado y luego el oasis no dejaba de ofrecer serias dificultades. ¿Cómo los fugitivos iban a orientarse en medio de la oscuridad?… ¿Cómo evitar el encuentro con la tropa de Hadjar?… ¿De qué manera franquear los 50 kilómetros que les separaban de Goleah, sin víveres, sin más alimento que los tubérculos del oasis?

Pero nadie se paró a pensar en estos peligros. Nadie dudó un momento en seguir al perro, que desapareció el primero.

—Pase usted —dijo el oficial a Pistache.

—Usted primero, mi capitán —respondió el subordinado.

Hubo que tomar algunas precauciones para no provocar el derrumbamiento del muro.

Al cabo de un cuarto de hora todos los prisioneros estaban en el camino de ronda.

La noche estaba oscura, nublada, sin estrellas.


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