La invasion del mar

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El capitán Hardigan y los suyos no hubieran sabido qué dirección tomar si el perro no hubiese estado allí para guiarles. No tuvieron más que confiarse al inteligente animal para llegar, sin encontrar a nadie, hasta las afueras del poblado.

Eran las once de la noche. Los fugitivos marchaban con grandes precauciones. En el poblado reinaba el silencio, y a través de las ventanas no se filtraba ningún rayo de luz.

De pronto, apareció ante ellos un hombre con una linterna en la mano.

Uno y otros se reconocieron desde el primer instante.

Era Mezaki, que iba hacia su casa, en este lado del poblado.

El traidor indígena no tuvo tiempo de lanzar un grito. Rápido como el rayo, el perro le saltó al cuello, dejándole caer a tierra sin vida.

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—¡Bien, bien, mi perro! —exclamó el cabo.

El capitán y sus compañeros no tenían para qué preocuparse de este miserable, y, con paso rápido, continuaron la marcha siguiendo por el lindero del Hinguiz, dirigiéndose hacia el este del Melrir.


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