La invasion del mar

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Lo que había que desear era que, al salir del Hinguiz, los fugitivos encontrasen las huellas del paso de Hadjar y su tropa, a través de esta pequeña parte de la gran hondonada. Las señales de las pisadas no podían haber desaparecido, puesto que ni el viento ni la lluvia habían sacudido el suelo del Melrir. En este caso no había más que seguir su pista para no apartarse de las sendas seguidas por los indígenas, únicas que podían considerarse como pasos seguros. Pero en vano buscó el señor de Schaller; no cabía duda de que la banda no había pasado por allí.

El capitán y el ingeniero marchaban en cabeza, precedidos del perro, que hacía las veces de explorador. Antes de aventurarse en tal o cual dirección, trataban de determinar la composición del suelo, examen que resultaba bastante dificultoso. La marcha efectuábase con lentitud, así es que la primera etapa, que duró hasta las once de la mañana, no dio por resultado más que un recorrido de cuatro a cinco kilómetros. Fue necesario hacer alto, tanto para descansar como para comer. La vista no descubría ni un oasis, ni un bosque, ni siquiera un árbol. Solamente una ligera ondulación arenosa rompía la uniformidad de la llanura a unos cien pasos de distancia.

—No tenemos donde escoger —dijo el capitán Hardigan.


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