La invasion del mar

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CAPÍTULO XVII DESENLACE

Alrededor de la duna extendíase una niebla tan espesa que los primeros rayos del sol no podían atravesarla. No se veía a cuatro pasos de distancia y las ramas de los árboles estaban anegadas en estos espesos vapores.

—¡Decididamente tenemos el santo de espaldas! —exclamó el cabo.

—¡Estoy casi convencido de ello! —respondió el señor Franqois.

Sin embargo, había la esperanza de que cuando el sol adquiriera fuerza las brumas acabarían por disiparse y la vista podría explayarse sobre toda la extensión del Melrir.

No había más remedio que tener paciencia y economizar las provisiones, que ya no había medio de renovar. En cuanto a la sed, lo que sobraba era agua, buena o mala, con que apagarla.

Transcurrieron tres horas. Los rumores habían ido disminuyendo poco a poco. Una brisa bastante fuerte agitaba las ramas de los árboles, y, con la ayuda del sol, no pasaría mucho tiempo sin que la niebla se disipara por completo.

La claridad empezó a alumbrar los esqueléticos árboles del tell, y una ráfaga de aire acabó por levantar las brumas, empujándolas hacia el oeste.

Y entonces el Melrir se descubrió en una vasta extensión.


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