La invasion del mar

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En aquel momento Djemma, que se había lanzado hacia adelante, hubiese llegado hasta su hijo, de no haberla detenido Nicol. Pero una media docena de tuaregs lograron arrancarla de manos del suboficial y huir con ella, a pesar de los furiosos ataques de Valiente.

—¡Mala suerte! —exclamó Nicol—; tenía ya la loba y se me ha escurrido de entre las manos.

—¡Aquí, Valiente, aquí! —llamó al animal—. De todos modos, no es mala la presa que hemos hecho.

Hadjar estaba cogido, y bien cogido, y si los tuaregs no lograban rescatarlo antes de llegar a Gabes, la comarca veríase libre de uno de sus más temibles malhechores.

La banda hubiese intentado, sin duda, dar el golpe para libertar a su jefe, si el destacamento no se hubiese reforzado con soldados de los puestos militares de Tozeur y de Gafsa.

Al cabo de tres semanas la expedición había ganado él litoral y el prisionero estaba encerrado en el fuerte de Gabes, esperando ser transportado a Túnez, donde sería juzgado por un tribunal militar.

Tales son los acontecimientos ocurridos antes de los comienzos de esta historia.

El capitán Hardigan, después de un corto viaje a Túnez, acababa de regresar a Gabes aquella misma noche en que el crucero Chanzy fondeaba en el golfo de la Pequeña Sirte.


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