La invasion del mar
La invasion del mar No se escuchaba el más leve ruido en medio de aquella atmósfera tan en calma, que no atravesaba ni un tenue soplo de brisa; tan oscura bajo las espesas nubes que, inmóviles, cubrían el cielo de uno a otro extremo del horizonte.
Únicamente al llegar a la playa, Sohar y Harrig encontraron cierta animación. Algunos pescadores desembarcaban con el producto de la faena; otros disponíanse a hacerse a la mar a bordo de sus embarcaciones. Aquí y allá los faroles de a bordo se cruzaban en todos sentidos agujereando la sombra.
A medio kilómetro de la costa señalábase el crucero Chanzy por sus potentes focos, que marcaban haces luminosos sobre la superficie del mar.
Los dos tuaregs tuvieron buen cuidado en evitar los encuentros con los pescadores, y se dirigieron hacia un muelle en construcción en el extremo del puerto. Al pie de este muelle estaba amarrada la barca del levantino. Dos remos descansaban en el fondo, de suerte que no había más que embarcar.