La invasion del mar
La invasion del mar Entretanto, la idea de penetración hacia el Sahara hablase impuesto a muchos espíritus, y el movimiento en este sentido crecía en la misma proporción del abandono del proyecto de Roudaire. El ferrocarril del Estado rebasaba ya Beni-Oenif, en el oasis de Figuig, y se transformaba en cabeza del transhariano.
«No puedo entrar aquí —continuó el señor de Schaller— en consideraciones retrospectivas sobre las operaciones de aquella compañía, sobre la energía que desplegó y sobre los considerables trabajos que hubo de emprender, con más audacia que reflexión. Operaba, como ya sabéis, en un territorio muy vasto, y no ofreciendo a sus ojos sombra de duda, la compañía se preocupó de todo, entre otras cosas, del servicio forestal, al que dio por cometido el fijar las dunas, ejecutando trabajos idénticos a los que en las Landas de Francia habían protegido las costas contra la doble invasión del mar y de la arena. Es decir, que antes de la realización de sus proyectos, le pareció necesario, indispensable, el poner a los poblados existentes, y a los que en lo sucesivo se fundaran, al abrigo de las sorpresas de una mar futura, que no había de ser, ciertamente, un lago tranquilo, y del que era prudente prevenirse de antemano.