La invasion del mar
La invasion del mar El señor de Schaller frisaba en los cuarenta, y era hombre de estatura regular, frente despejada, pelo de un rubio rojizo, ojos muy vivos y mirada penetrante. Su anchura de hombros, la robustez de sus músculos, su desarrollo torácico indicaban una constitución de las más sólidas. Su aspecto moral no le iba en zaga a la parte fÃsica. Obtenido el tÃtulo de ingeniero con brillantes conceptuaciones, sus primeros trabajos llamaron justamente la atención, y desde entonces caminó con paso rápido por el camino de la fortuna. Jamás mentalidad alguna fue más positiva que la suya. EspÃritu reflexivo, metódico, matemático —si puede admitirse este epÃteto—, no se dejaba arrastrar por la fantasÃa: calculaba el pro y el contra de una situación o de un negocio con una precisión llevada «hasta la décima cifra decimal», como decÃan sus admiradores. Todo lo reducÃa a ecuaciones, y si alguna vez el sentido imaginativo fue rehusado a un ser humano, bien puede decirse que era a este hombre-cifra, al hombre-álgebra que estaba encargado de dirigir los colosales trabajos del mar del Sahara.
Desde el momento en que el señor de Schaller, después de haber estudiado, frÃa y minuciosamente, el proyecto del capitán Roudaire lo declaraba realizable, no era admisible que bajo su dirección hubiera un fracaso, ni en la parte material ni en la financiera.