La invasion del mar
La invasion del mar Acompañaba al señor de Schaller un ordenanza. Puntual, metódico, «militarizado», por decirlo así, aunque no había servido en el ejército, Franlois era el hombre que convenía a su señor. Dotado de una excelente salud, soportaba sin queja las mayores fatigas, y eso que no le habían faltado en los diez años que llevaba al servicio del ingeniero. Hablaba poco, pero la economía de las palabras redundaba en provecho del pensamiento. Un hombre reflexivo, si los hay, y a quien el ingeniero estimaba como un perfecto instrumento de precisión. Era sobrio, discreto, limpio; no usaba ni bigote ni patillas, y se afeitaba todos los días, sin que por difíciles que fueran las circunstancias dejara de ejecutar esta operación cotidiana.
Huelga advertir que la expedición organizada por el ingeniero-jefe de la Sociedad francesa del mar del Sahara no se llevó a cabo sin antes tomar las debidas precauciones. Aventurarse a través del Djerid sin más compañía que su criado, hubiese sido una imprudencia insigne. Sabido es que allí los caminos no son seguros, ni siquiera para las caravanas. No era posible olvidar las agresiones de Hadjar y de su banda, y precisamente este temible jefe, después de haber sido preso y encarcelado, acababa de evadirse antes de que la justa condenación que le esperaba hubiese librado al país de sus fechorías.