La invasion del mar
La invasion del mar No era mucho suponer que el bandido volviese a las andadas. Las circunstancias le favorecÃan, porque los árabes del sur de Argelia y de Tunicia, a más de los sedentarios y nómadas del Djerid, no habÃan de aceptar sin protesta la resurrección del proyecto del capitán Roudaire, que suponÃa la desaparición de varios oasis del Rharsa y del Melrir. Aunque los propietarios recibiesen una indemnización, nunca la cuantÃa llenarÃa la medida de su deseo. HabÃa, pues, intereses lesionados, y los indÃgenas sentÃan un odio profundo contra los que trataban de que desaparecieran sus fértiles plantÃos bajo las aguas procedentes de la Pequeña Sirte. Y ahora, entre los muchos a quienes el nuevo estado de cosas perturbaba en su modo de ser, era preciso contar los tuaregs, siempre dispuestos a reanudar su vida de aventuras, de agresores de caravanas.
¿Qué serÃa de ellos cuando faltaran las rutas entre los sebkha y los chau, cuando el comercio no se efectuara más por las cáfilas que desde tiempo inmemorial cruzaban por el desierto entre Biskra, Touggourt y Gabes?… Luego serÃa una flotilla la que transportase las mercancÃas. ¿Y cómo la iban a atacar los tuaregs?… Era la ruina en breve plazo: la ruina de los hamámma, de los souafa, de los benizid, de los nememcha, de los omaghama, de todas las tribus que vivÃan de la piraterÃa y del pillaje.