La invasion del mar

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El suboficial Nicol contaba treinta y cinco años de edad y había servido siempre en el mismo regimiento de espahíes. No pretendía más que ganar para la vejez un modesto retiro; pero esto lo más tarde posible. Soldado de una extraordinaria resistencia y amor al oficio, Nicol no tenía más culto que el de la disciplina. Era para él la gran ley de la existencia, y hubiese querido que se aplicase lo mismo al elemento civil que al militar. Pero si bien admitía que el hombre fue creado únicamente para servir bajo la bandera, también opinaba que hubiera quedado incompleto de no haber encontrado su complemento natural en el caballo.

Nicol solía decir:

«Mi caballo y yo no constituimos más que un solo ser… Yo soy su cabeza, él es mis piernas… Convendréis conmigo en que las patas del caballo están mejor dispuestas para la marcha que las del hombre. ¡Y si al menos tuviésemos cuatro!… Pero no tenemos más que dos, cuando nos hacen falta lo menos media docena».

Como se ve, el suboficial envidiaba a los miriápodos. Lo cierto era que su caballo y él estaban hechos el uno para el otro.


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