La invasion del mar

La invasion del mar

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Nicol era hombre de buena estatura, ancho de hombros, el pecho abombado, seco y nervioso; antes que engordar hubiera sido capaz de todos los sacrificios. Se hubiera considerado como el más infeliz de todos los humanos si hubiese advertido el más ligero síntoma de obesidad. Llevaba siempre una perilla puntiaguda, el bigote espeso; los ojos, de un gris acerado, se movían incesantemente en las órbitas; su mirada era de tan extraordinario alcance que distinguía, como las golondrinas, una mosca a cincuenta pasos, lo que provocaba la profunda admiración del cabo Pistache.

Éste era un tipo de eterno buen humor, que jamás se quejaba de tener hambre, aun cuando se pasara mucho tiempo sin comer; ni de sed, a pesar de que el agua escaseaba mucho en las interminables llanuras calcinadas por el sol de fuego del desierto. Era uno de esos buenos meridionales de Provenza, en los que nunca prende la melancolía, y por quien Nicol sentía debilidad. Así es que siempre estaban juntos, y seguramente no se separarían durante la expedición.

La escolta del ingeniero Schaller estaba compuesta de un cierto número de espahíes, con dos carros tirados por mulos para el transporte de material de campamento y víveres.

Al hablar de los caballos que montaban los oficiales y sus hombres, debe hacerse mención especial al de Nicol, así como al perro, que jamás le abandonaba.


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