La invasion del mar
La invasion del mar Pues bien, dos años antes, Nicol había dado un golpe feliz entre todos, un golpe de última hora, del cual gustaba acordarse. Sentado en una mesa de un bar de Tunicia, con dos de sus camaradas, delante del tapete en el que se mostraba un juego de 32 cartas, después de una sesión bastante larga, con gran satisfacción de sus amigos, su suerte y su maestría habituales habían cambiado completamente. Cada uno de los tres adversarios había ganado tres partidas; ya era tiempo de hacer una cuarta, y una última partida debía decidir la victoria final. El «Mariscal Rams» sentía que ésta se le escapaba: tenía un día de mala suerte. Cada uno de los jugadores no tenía más que una carta en la mano: sus dos adversarios echaron, uno, la dama de corazones; el otro, el rey de corazones, su suprema esperanza. Ellos podían suponer que el as de corazones o el último triunfo estarían en el montón de las once cartas sobrantes.
—¡Corto a corazones! —exclamó Nicol con voz retumbante, y golpeando la mesa con tal golpe de puños que su carta de triunfo voló hasta el medio de la sala.
Quien la recogió delicadamente, quien la llevó entre sus dientes, fue el perro, el cual, hasta aquel día memorable, se había llamado Misto.
—Gracias, gracias, mi camarada —exclamó Nicol, más orgulloso de su doble victoria que si hubiera arrebatado dos banderas al enemigo—. ¡Corto a corazones! ¿Entiendes? ¡He cortado a corazones! ¡Valiente!