La invasion del mar
La invasion del mar El ingeniero Schaller y el capitán Hardigan marchaban a la cabeza, escoltados por unos cuantos espahÃes. Después iba el convoy que transportaba el material de vÃveres y de campamento a las órdenes del suboficial Nicol. Un pelotón, mandado por el teniente Villette, formaba la retaguardia.
Esta expedición habÃa de hacer jornadas cortas, puesto que no tenÃa por objeto más que reconocer el estado de los trabajos en el trazado del canal en todo su recorrido, primero hasta el chott Rharsa y luego hasta el de Melrir. Si es cierto que las caravanas yendo de oasis en oasis, bordeando al sur las montañas y mesetas de Argelia y Tunicia, llegan a recorrer hasta cuatrocientos kilómetros en diez o doce dÃas, el ingeniero resolvió no hacer más que jornadas de una docena de kilómetros cada veinticuatro horas, pues habÃa que tener en cuenta el mal estado en que estaban las pistas y las viejas rutas.
—No vamos a hacer ningún descubrimiento —decÃa el señor de Schaller—, sino sencillamente a darnos cuenta de lo que nos dejaron nuestros antecesores.
—Perfectamente, mi querido amigo —le contestó el capitán Hardigan—; además, que desde hace mucho tiempo no hay nada que descubrir en esta parte del Djerid. Por lo que a mà respecta, no me disgusta visitarlo por última vez antes de que sea transformado. ¿Ganará en el cambio?