La invasion del mar
La invasion del mar —Cierto, capitán, y si quiere usted volver… —¿Dentro de quince o veinte años?…
—No, no tanto; estoy convencido de que bien pronto encontrarÃa usted la animación de la vida comercial allà donde ahora no reinan más que las soledades del desierto…
—Lo que tiene su encanto, mi compañero. —SÃ… todo el encanto que pueden tener el abandono y el vacÃo.
—Para un espÃritu como el vuestro, claro está que no existe ese encanto; pero ¡quién sabe si los viejos y fieles admiradores de la naturaleza no tendrán motivo para lamentar las transformaciones que el género humano le impone!
—Vaya, vaya, mi querido Hardigan, no se queje usted demasiado, pues si todo el Sahara hubiera sido de un nivel inferior al del Mediterráneo, esté usted seguro de que lo hubiéramos convertido en mar desde el golfo de Gabes hasta el litoral del Atlántico, como asà ha debido de ser en algunos perÃodos geológicos.
—Decididamente —declaró sonriendo el oficial—, los ingenieros modernos no respetan nada. Si se les dejara hacer, acabarÃan por nivelarlo todo, y nuestro globo no serÃa más que una bola lisa y pulida, como un huevo de avestruz, convenientemente dispuesta para el establecimiento de ferrocarriles.