La Isla misteriosa
La Isla misteriosa -¡Pero si es una orilla de granito! -observó el corresponsal.
-De acuerdo -contestó Ciro Smith-, yo haré saltar ese granito y las aguas, escapándose, bajarán de manera que descubramos ese orificio.
-Y formarán una cascada, cayendo sobre la playa -añadió el corresponsal.
-Una cascada que utilizaremos -contestó Ciro-. Venga usted. El ingeniero se llevó consigo a su compañero, cuya confianza en Ciro Smith era tan grande, que no dudaba del buen éxito de la empresa. Sin embargo, ¿cómo abrir aquel granito sin pólvora y con instrumentos imperfectos? ¿Cómo separar aquellas rocas? ¿No era un trabajo superior a sus fuerzas el que pensaba emprender el ingeniero?
Cuando Ciro Smith y el corresponsal volvieron a las Chimeneas, encontraron a Harbert y a Pencroff ocupados en descargar la leña que habían reunido.
-Los leñadores han concluido su tarea, señor Ciro -dijo el marino riéndose-, y cuando tenga usted necesidad de albañiles...
-De albañiles no, pero sí de químicos -repuso el ingeniero.
-Sí -añadió el corresponsal-, vamos a hacer volar la isla.
-¡Volar la isla! -exclamó Pencroff.
-En parte, al menos -contestó Gedeón Spilett.