La Isla misteriosa

La Isla misteriosa

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Antes de dirigirse cada uno a su puesto, los colonos se estrecharon por última vez la mano. Pencroff no pudo dominarse para disimular su emoción al abrazar a Harbert, ¡su hijo!.... y se separaron. Algunos instantes después, Ciro Smith y Harbert, por una parte, el periodista y Nab, por otra, habían desaparecido detrás de las rocas, y cinco minutos más tarde, Ayrton y Pencroff, que habían atravesado felizmente el canal, desembarcaban en el islote y se ocultaban en las anfractuosidades de su orilla oriental.

Ninguno podía haber sido visto, porque ellos mismos no distinguían al brick a través de la niebla.

Eran las seis y media de la mañana. Pronto, la niebla se desgarró poco a poco en las capas superiores del aire y el tope de los mástiles del brick salió entre los vapores. Por algunos instantes gruesas volutas rodaron por la superficie del mar, después se levantó la brisa y disipó rápidamente la bruma.

El Speedy se presentó a la vista de los colonos sostenido por sus dos anclas, dando la proa al norte y presentando a la isla su costado de babor.

Como había calculado Ciro, estaba a menos de milla y media de la costa. La siniestra bandera negra flotaba en su cangreja. El ingeniero, con su anteojo, pudo ver que los cuatro cañones que componían la artillería de a bordo estaban asestados contra la isla y evidentemente dispuestos para hacer fuego a la primera señal.


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