La Isla misteriosa

La Isla misteriosa

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Entretanto el brick se había acercado al islote y pudo observarse que trataba de llegar a su extremo inferior. La brisa era ligera y, como la corriente había perdido mucha parte de su fuerza, Bob Harvey era absolutamente dueño de maniobrar como le pareciese. El rumbo seguido anteriormente por las embarcaciones le habían permitido reconocer el canal y en él penetró audazmente. Su proyecto era demasiado visible: quería plantarse delante de la Chimeneas y desde allí responder con sus cañones a las balas que hasta entonces habían diezmado su tripulación.

Pronto el Speedy llegó a la punta del islote; la dobló fácilmente, largó la cangreja y el brick, ciñendo el viento, se encontró enfrente del río de la Merced.

-¡Los bandidos! ¡Ya vienen! -exclamó Pencroff.

En aquel momento, Nab y Gedeón Spilett llegaron adonde estaban Ciro Smith y Ayrton, el marino y Harbert.

El periodista y Nab habían estimado más conveniente abandonar la posición de la Merced, donde no podían hacer nada contra el buque, y habían obrado cuerdamente. Era preferible que los colonos estuviesen reunidos en el momento en que iba a consumarse una acción decisiva. Gedeón Spilett y Nab habían llegado deslizándose detrás de la rocas, pero no sin que les fuese dirigida una granizada de balas, que afortunadamente no les habían alcanzado.


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