La Isla misteriosa

La Isla misteriosa

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-¿Para qué, Pencroff? -repuso Ciro Smith-. No nos separaremos. No había un momento que perder: los colonos salieron de las Chimeneas. Un pequeño recodo de la cortina de granito impedía ser vistos desde el brick; pero dos o tres detonaciones y el ruido de las balas que daban en las rocas les advirtieron que el Speedy estaba a muy corta distancia.

Precipitarse al ascensor, elevarse hasta la puerta del Palacio de granito, donde Top y Jup estaban encerrados desde la víspera, y lanzarse al salón, fue cuestión de un momento.

Ya era tiempo, porque los colonos, a través del ramaje de las ventanas, vieron al Speedy, rodeado de humo, que enfilaba el canal; y aun tuvieron que ocultarse porque las descargas eran incesantes y las balas de los cuatro cañones chocaban ciegamente sobre la posición del río de la Merced, aunque no estaba ocupada ya, y sobre las Chimeneas. Las rocas saltaban en pedazos y un griterío acompañaba a cada detonación.

Sin embargo, podía esperarse que el Palacio de granito no sufriera daño alguno, gracias a la precaución que Ciro Smith había tomado de disimular las ventanas; pero, pocos momentos después, una bala, rozando en el hueco de la puerta, penetró en el corredor.


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