La Isla misteriosa

La Isla misteriosa

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Algunos pecios flotaban en la superficie del mar. Se veía todo un conjunto de piezas de repuesto, mástiles y vergas, y, además, jaulas de gallinas con sus volátiles vivos, cajas y barriles, que poco a poco subían a la superficie después de haber salido por las escotillas; pero no salía ningún resto, ni de tablas del puente ni del forro del casco, lo que hacía todavía más inexplicable el hundimiento del Speedy. Sin embargo, los dos mástiles, que habían sido rotos a pocos pies por encima de la fogonadura, después de haber roto a su vez estayes y obenques, subieron a la superficie con sus velas, unas desplegadas y otras ceñidas. No había que dejar al reflujo llevarse todas aquellas riquezas. Ayrton y Pencroff se arrojaron en la piragua con la intención de atraer todos aquellos pecios al litoral de la isla o al del islote. Pero, cuando iban a embarcarse, una reflexión de Spilett les detuvo.

-¿Y los seis piratas que han desembarcado en la orilla derecha de la Merced? -dijo el periodista.

En efecto, no debía olvidarse que los seis hombres que llevaban la canoa que se había estrellado en las rocas habían saltado a tierra en la punta del Pecio.

Los colonos miraron en aquella dirección, pero ninguno de los fugitivos estaba a la vista. Era probable que, después de haber visto al brick hundirse en las aguas del canal, hubieran huido al interior de la isla.


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