La Isla misteriosa
La Isla misteriosa Los colonos marcharon rápidamente y en silencio; Top los precedía corriendo por el camino o entrando algunas veces en el bosque, pero siempre mudo y no dando señales de nada extraordinario. Y podía contarse que el fiel perro no se dejaría sorprender y ladraría a la primera apariencia de peligro.
Ciro Smith y sus compañeros seguían a la vez que el camino la dirección del hilo telegráfico, que unía la dehesa con el Palacio de granito. Habían andado unas dos millas sin haber observado nada extraño. Los postes se hallaban en buen estado, los aisladores intactos y el alambre regularmente tendido. Sin embargo, desde aquel punto el ingeniero observó que la tensión del alambre parecía menor; en fin, al llegar al poste número 74, Harbert, que iba delante, se detuvo gritando:
-¡El alambre está roto!
Sus compañeros apretaron el paso y llegaron al sitio donde el joven se había detenido. El poste derribado estaba atravesado en el camino. Era evidente que los telegramas del Palacio de granito no habían podido recibirlos en la dehesa, ni los de ésta en el Palacio de granito.
-El viento no ha derribado este poste -dijo Pencroff.
-No -repuso Gedeón Spilett-. Han cavado la tierra por el pie, y la mano del hombre lo ha sacado de su sitio.