La Isla misteriosa
La Isla misteriosa Gedeón Spilett tomó la caja y la abrió. Contenía unos doscientos gramos de un polvo blanco, del cual llevó a los labios algunas partículas. El excesivo amargor de aquella sustancia no podía engañarlo: era el precioso alcaloide de la quina, el antipirético por excelencia. Había que administrar inmediatamente aquellos polvos a Harbert. Después se discutiría cómo se habían encontrado allí.
-¡Café! -exclamó Gedeón Spilett.
Pocos instantes después Nab llevaba una taza de la infusión tibia. Gedeón Spilett echó en ella dieciocho granos del sulfato y consiguió hacérsela beber a Harbert.
Había tiempo todavía, porque no se había manifestado aún el tercer acceso de la fiebre perniciosa.
Y añadiremos que no se manifestaría.
Por lo demás, todos habían recobrado la esperanza. La influencia misteriosa se había ejercido de nuevo en un momento supremo, cuando ya se desesperaba de que acudiese el remedio.