La Isla misteriosa

La Isla misteriosa

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Al cabo de algunas horas, Harbert descansaba más apaciblemente. Los colonos pudieron hablar entonces de aquel incidente que hacía más palpable que nunca la intervención del desconocido. Pero ¿cómo había podido penetrar durante la noche hasta el Palacio de granito? Aquello era absolutamente inexplicable y la manera de proceder del genio de la isla era tan extraña como el mismo genio.

Durante aquellos días, de tres en tres horas, fue suministrado a Harbert el sulfato de quinina.

El joven experimentó a la mañana siguiente alguna mejoría. Cierto que no estaba curado. Las fiebres intermitentes están sujetas a frecuentes y peligrosas recidivas. Pero estaba atendido y el específico estaba allí, y no se encontraba lejos el que lo había llevado. En fin, el corazón de todos se abrió a una inmensa esperanza. Esta esperanza se vio realizada. Diez días después, el 20 de diciembre, Harbert entraba en la convalecencia. Estaba débil todavía y le había sido impuesta una dieta severa, pero no había vuelto el acceso y, además, el dócil joven se sometía de buen grado a todas las prescripciones que se le imponían. ¡Tenía tantos deseos de curarse!


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