La Isla misteriosa
La Isla misteriosa Pencroff era como un hombre a quien hubieran sacado del fondo del abismo. Tenía accesos de alegría que llegaban hasta el delirio. Después que hubo pasado el momento del tercer acceso, estrechó al periodista entre sus brazos, casi hasta ahogarlo, y desde entonces no le llamaba más que el doctor Spilett.
Faltaba descubrir al verdadero doctor.
-¡Lo descubriremos! -repetía el marino.
Y ciertamente, aquel hombre, cualquiera que fuese, debía esperar un abrazo terrible de Pencroff.
El mes de diciembre terminó y con él el año 1867, durante el cual los colonos de la isla Lincoln se habían visto sometidos a tan duras pruebas. Entraron en el año de 1868 con un tiempo magnífico, un calor soberbio y una temperatura tropical, que por fortuna podía refrescarse con la brisa de los mares. Harbert renacía y desde su cama, puesta al lado de una de las ventanas del Palacio de granito, aspiraba aquel aire saludable, cargado de emanaciones salinas, que restablecían su salud. Comenzaba ya a comer y Dios sabe los buenos platitos ligeros y sabrosos que le preparaba Nab.