La Isla misteriosa

La Isla misteriosa

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-Soy del parecer de Ciro -dijo el periodista-. Y supongo que los presidiarios han buscado refugio entre los contrafuertes del monte Franklin.

-Entonces, señor Ciro, vamos derechos a la dehesa -exclamó Pencroff. Acabemos, porque hasta ahora hemos perdido el tiempo.

-No, amigo mío -repuso el ingeniero-. ¿Olvida usted que teníamos también interés en saber si los bosques del Far-West ocultaban alguna habitación? Nuestra exploración tiene dos objetos, Pencroff. Si por una parte debemos castigar el crimen, por la otra tenemos que cumplir un deber de gratitud.

-Bien dicho, señor Ciro -repuso el marino-, pero yo creo que no encontraremos a ese caballero hasta que él quiera. Y al decir esto, Pencroff decía lo que estaba en el ánimo de todos. Era probable que el retiro del desconocido fuese tan misterioso como su misma persona.

Aquella tarde el carro se detuvo en la desembocadura del río de la Cascada. Se organizó el campamento según la costumbre y se tomaron las precauciones habituales para pasar la noche. Harbert, que había vuelto a ser el muchacho vigoroso y activo de antes de su enfermedad, se aprovechaba de aquella existencia al aire libre, entre las brisas del océano y la atmósfera vivificadora de los bosques. Ya no iba en el carro, sino a la cabeza de la caravana.


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