La Isla misteriosa
La Isla misteriosa ¿Y qué? --dijo Pencroff, cuyo corazón palpitaba con fuerza. Y no teniendo a Bob Harvey para dirigir la maniobra, encallaron en las rocas y la embarcación se hizo pedazos.
¡Miserables! ¡Bandidos! ¡Infame canalla! -exclamó el marino. Pencroff dijo Harbert tomando la mano de su amigo-, liaremos otro Buenaventura mayor. Tenemos todo el hierro y todo el aparejo del brick a nuestra disposición.
¿Pero no sabéis -respondió Pencroff-que se necesitan de cinco a seis meses para construir una embarcación de veinte a cuarenta toneladas?
--Tomaremos todo el tiempo necesario -respondió el periodista-y renunciaremos por este año a la travesía de la isla Tabor.
-¿Qué vamos a hacer, Pencroff? Hay que resignarse --dijo el ingeniero. Espero que ese retraso no nos sea perjudicial.
-¡Mi Buenaventura! ¡Mi pobre Buenaventura! -exclamó Pencroff verdaderamente consternado con la pérdida de su embarcación, de la cual estaba tan orgulloso.
La destrucción del Buenaventura era un acontecimiento muy sensible para los colonos y se acordó reparar la pérdida cuanto antes. Tomando este acuerdo, se trató de llevar a cabo la exploración de las otras partes de la isla.