La jornada de un periodista americano en 2890

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—¡Bien dicho! —exclamó Francis Benett, interviniendo en el debate—. ¿Acaso, señor embajador de Rusia, no está satisfecho con su vasto imperio, que desde las orillas del Rin se extiende hasta las fronteras de China, un imperio cuyo inmenso litoral bañan el océano Glacial, el Atlántico, el mar Negro, el Bósforo y el océano Índico? Además, ¿para qué las amenazas? ¿Es posible la guerra con las invenciones modernas, esos obuses asfixiantes que se envían a cientos de kilómetros, esas centellas eléctricas, de veinte leguas de largo, que pueden aniquilar de un solo golpe un ejército entero, esos proyectiles que se cargan con microbios de la peste, del cólera, de la fiebre amarilla y que destruirían toda una nación en algunas horas?

—Ya lo sabemos, señor Benett —respondió el embajador de Rusia—. Pero ¿podemos hacer lo que queremos? Empujados nosotros mismos por los chinos en nuestra frontera oriental, debemos intentar, cueste lo que costare, alguna acción hacia el Oeste…

—¿No es más que eso, señor? —replicó Francis Benett con tono paternal—. ¡Bueno, como la proliferación china es un peligro para el mundo, presionaremos sobre el Hijo del Cielo. Tendrá que imponerles a sus súbditos un máximo de natalidad que no podrán superar bajo pena de muerte. ¿Un hijo más? ¡Un padre menos! Esto compensará las cosas.


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