La vuelta al mundo en 80 dÃas
La vuelta al mundo en 80 dÃas En primera lÃnea avanzaban unos sacerdotes cubiertos de mitras y vestidos con largo y abigarrado traje. Estaban rodeados de hombres, mujeres y niños, que cantaban una especie de salmodia fúnebre, interrumpida a intervalos iguales por golpes de tamtam y de timbales. Detrás de ellos, sobre un carro de ruedas anchas, cuyos radios figuraban con las llantas un ensortijamiento de serpientes, apareció una estatua horrorosa, tirada por dos pares de zebús ricamente enjaezados. Esta estatua tenÃa cuatro brazos, el cuerpo teñido de rojo sombrÃo, los ojos extraviados, el pelo enredado, la lengua colgante y los labios teñidos. En su cuello se arrollaba un collar de cabezas de muerto, y sobre su cadera, habÃa una cintura de manos cortadas. Estaba de pie sobre un gigante derribado que carecÃa de cabeza.
Sir Francis Cromarty reconoció aquella estatua.
—La diosa Kali —dijo en voz baja—, la diosa del amor y de la muerte.
—De la muerte, consiento —dijo Picaporte—; pero del amor, nunca. ¡Vaya mujer fea!
El parsi le hizo seña para que callara.
Alrededor de la estatua se movÃa y agitaba, en convulsiones, un grupo de fakires, listados con bandas de ocre, cubiertos de incisiones cruciales que goteaban sangre, energúmenos estúpidos que en las ceremonias se precipitaban aún bajo las ruedas del carro de Jaggernaut.