La vuelta al mundo en 80 dÃas
La vuelta al mundo en 80 dÃas Era la Tankadera una bonita goleta de veinte toneladas, delgada de proa, franca de corte, muy prolongada en su lÃnea de agua. ParecÃa un yate de carrera. Sus colores brillantes, sus herrajes galvanizados, su puente blanco como el marfil, indicaban que el patrón John Bunsby entendÃa muy bien en eso de limpieza y curiosidad. Sus dos mástiles se inclinaban algo hacia atrás. Llevaba cangreja, mesana, trinquete, foques, cuchillos y botalones, y podÃa aparejar bandola para tiempo en popa. DebÃa marchar maravillosamente, y de hecho habÃa ganado ya muchos premios en las carreras de barcos-pilotos.
La tripulación de la Tankadera se componÃa del patrón John Bunsby y de cuatro hombres. Eran marinos de esos atrevidos, que en todo tiempo se aventuran en empresas difÃciles y conocen perfectamente aquellos mares. John Bunsby, hombre de 45 años, vigoroso, de tez morena, mirada viva y figura enérgica, actitud bien plantada y muy sobre sÃ, hubiera inspirado confianza a los más recelosos.
—Phileas Fogg y la princesa Aouda pasaron a bordo, donde ya se encontraba Fix. Por la carroza de popa de la goleta se bajaba a una cámara cuadrada, cuyas paredes se arqueaban por encima de un diván circular. En medio habÃa una mesa, alumbrada por una lámpara a prueba de vaivén. Era aquello muy pequeño, pero muy limpio.
—Siento no poderos ofrecer otra cosa mejor —dijo el señor Fogg a Fix, que se inclinó sin responder.