Las Indias Negras
Las Indias Negras -Bien, bien. Pero detengámonos -añadió el ingeniero-. Tengo que confesar que mis piernas necesitan un descanso. ¿Y usted, Madge, no siente el cansancio de tan larga caminata... ?
-Todavía, no señor Starr -respondió la fuerte escocesa-. Ya estoy acostumbrada a las expediciones de horas enteras por la antigua Aberfoyle.
-¡Bah!, Madge sería capaz de andar diez veces lo caminado si fuera preciso -agregó Simon-. Pero. . ., digame, señor Starr. . ., ¿valía la pena o no la noticia que tenía que darle?
-¡Ah, compañero! ¡Hace mucho tiempo que no tenía una satisfacción tan grande! Ya, por lo poco que hemos recorrido de la mina, parece que es de bastante extensión... por lo menos en longitud.
-¡Y en ancho y también en profundidad, señor Starr! -respondió enfáticamente Simon Ford.
-Bueno. . ., eso ya lo veremos después.
-¡Pues yo estoy bien seguro! ¡Confíe en mi instinto de minero, que nunca me ha defraudado?
-Sí. Yo también quiero creerle, Simon -respondió el ingeniero-. Y por lo que ya se ve, puedo juzgar que tendremos para una explotación que puede durar siglos.