Las Indias Negras
Las Indias Negras El ingeniero era esperado por Simon Ford, quien aguardaba en la puerta desde el momento en que Harry le anunció, con los destellos de su lámpara que estaban a punto de llegar.
-¡Bienvenido, señor James! - le gritó con una voz que resonaba en las galerías -. ¡Bienvenido a nuestro “cottage"! ¡Pese a que vivimos a mil quinientos pies bajo tierra, la casa de la familia Ford es siempre hospitalaria!
-¿Cómo está usted, mí querido Simon? -preguntó james Starr, estrechando la mano que le extendía su huésped.
-Muy bien, gracias - repuso el viejo minero -. ¿Y cómo podría estar, al abrigo de la intemperie? Las damas que van a respirar a Newhaven o a Portobello durante el verano, harían mejor en pasar algunos meses en las minas de Aberfoyle. No se arriesgarían a atrapar un fuerte resfrío, como en las húmedas calles de nuestra vieja capital.
-No soy yo quien va a contradecirle, Simon - dijo James Starr, feliz de encontrar al capataz con el humor de antaño -. En verdad me pregunto por qué no cambio mi casa en Canongate por un "cottage" vecino al suyo...
-Encantado, señor Starr...
-¿Y Madge? -inquirió el ingeniero no viendo a la esposa del viejo minero.