Las Tribulaciones de un chino en China
Las Tribulaciones de un chino en China Ésta es la exclamación, por excelencia, de los indiferentes. Dice todo, y no dice nada; es propia de todas las lenguas, y debe figurar en todos los diccionarios del globo; es un gesto articulado. Los cinco convidados a quien daba de comer aquel aburrido personaje le estrecharon entonces con sus argumentos, cada uno en favor de su tesis. Querían, de todos modos, saber su opinión. Al principio, se negó a responder; pero, al fin, concluyó por decir que la vida ni era buena, ni era mala. A su entender, era una invención bastante insignificante y, en suma, poco agradable.
—Esa opinión pinta a nuestro amigo.
—¿Y cómo puede usted hablar así, cuando ni una hoja de rosa ha turbado jamás su descanso?
—¡Y cuando es joven!
—¡Y cuando, además, tiene buena salud!
—¡Y cuando, sobre todo, es rico!
—¡Muy rico!
—¡Riquísimo!
—¡Demasiado rico, tal vez!
Estas interpelaciones se cruzaron como petardos de un fuego artificial, sin producir siquiera una sonrisa en la impasible fisonomía del anfitrión. Se había contentado con encogerse ligeramente de hombros, como hombre que, ni por una hora siquiera, había querido nunca hojear el libro de su propia vida y que no había abierto ni las primeras páginas.
