Los Hijos del Capitán Grant en la América del Sur
Los Hijos del Capitán Grant en la América del Sur - ¡Ah!, Mac Nabbs, ¡duda aún de mi español!
-Bueno, probemos.
-Nada se pierde.
Paganel se dirigió al patagón y comenzó un largo discurso frecuentemente interrumpido por la falta de palabras necesarias y la dificultad de traducir a un salvaje ignorante de esos temas ciertas particularidades. El sabio era digno de verse: gesticulaba, hacía ademanes, repetía y sudaba a mares. Se bajó del caballo e hizo en la arena un mapa en él que figuraban meridianos y paralelos y ambos océanos. Nunca ningún profesor se vio en tales apuros. Thalcave lo miraba tranquilamente, sin dejar traslucir si comprendía o no. La lección del geógrafo duró más de media hora. Después se calló, se limpió el rostro inundado de sudor y miró al patagón.
-¿Comprende? -preguntó Glenarvan.
-Veremos, pero si no ha comprendido renuncio a hacerme entender. Thalcave no se movía ni hablaba. Sus miradas estaban fijas en las líneas trazadas en la arena que el viento borraba poco a poco.
-Y bien? -le preguntó Paganel.
Thalcave no parecía oírlo; ya se dibujaba en la cara del mayor una sonrisa irónica, cuando Paganel se preparaba para volver a explicar...
-¿Buscan un prisionero?
-Sí.