Los Hijos del Capitán Grant en la América del Sur

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- ¡Mi padre! ¡Mi pobre padre! -exclamó Mary echándose de rodillas a los pies de lord Glenarvan.

Este se sorprendió al ver a aquella joven, la levantó al tiempo que se enteraba de quién era y se disculpaba de haber hablado así frente a ella. Un hondo silencio, sólo interrumpido por sollozos, reinaba en el patio; todos esos escoceses protestaban así contra la decisión del gobierno inglés; sólo el joven Roberto manifestó su enojo con una amenaza que interrumpió su hermana. Ella sólo quería agradecer la bondad de estos buenos señores y partir para echarse a los pies de la reina y suplicarle de rodillaspor la vida de su padre.

Lord Glenarvan movió su cabeza; no dudaba del buen corazón de Su Majestad, pero sabía que Mary Grant no podría llegar hasta ella: muy raras veces pueden llegar hasta ella los que suplican.

Lady Elena sabía también que iba a realizar un esfuerzo inútil y que los esperaba una existencia desgraciada. Tuvo entonces una idea grande y generosa, detuvo a los niños que ya se disponían a partir y con los ojos llenos de lágrimas, pero con la voz serena se acer-có a su esposo y le dijo:

-Edward, el capitán Grant escribió su carta y la echó al mar en la confianza de que Dios la cuidaría; Dios nos la trajo, sin duda ha querido que nosotros salvemos a esos desdichados.


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