Miguel Strogoff
Miguel Strogoff -SÃ, Nadia, pero hace falta un temperamento a toda prueba para resistir tal y tanta amistad. Yo he visto muchas veces, en las estepas siberianas, llegar la temperatura a más de cuarenta grados bajo cero. He sentido, pese a mi vestido de piel de reno, que se me helaba el corazón, mis brazos se retorcÃan, mis pies se helaban bajo mis triples calcetines de lana. He visto los caballos de mi trineo cubiertos por un caparazón de hielo y fijárseles el vaho de su respiración en las narices. He visto el aguardiente de mi cantimplora convertido en una piedra tan dura que mi cuchillo no podÃa cortar... Pero mi trineo volaba como un huracán; no habÃa obstáculos en la llanura nivelada y blanca en todo lo que podÃa abarcar la vista. Ningún curso de agua en el que tuviera que buscar un vado. Ningún lago que hubiera que atravesar en barca. Por todas partes hielo duro, camino libre y paso asegurado. ¡Pero a costa de cuántos sufrimientos, Nadia! ¡Sólo podrÃan decirlo aquellos que no han vuelto y cuyos cadáveres están cubiertos por la nieve!
-Sin embargo, tú has vuelto, hermano --dijo Nadia.
-SÃ, pero yo soy siberiano y desde niño, cuando acompañaba a mi padre en sus cacerÃas, me acostumbré a estas duras pruebas. Pero tú, Nadia, cuando me has dicho que el invierno no te habrÃa detenido, que irÃas sola, dispuesta a luchar contra las terribles inclemencias del clima siberiano, me ha parecido verte perdida en la nieve y caÃda para no levantarte más.