Miguel Strogoff
Miguel Strogoff -¿Cuántas veces has atravesado la estepa durante el invierno?
-Tres veces, Nadia, cuando iba a Omsk.
-¿Y qué ibas a hacer en Omsk?
-Ver a mi madre, que me esperaba.
-¡Y yo voy a Irkutsk, en donde me espera mi padre! Voy a llevarle las últimas palabras de mi madre, lo cual quiere decir, hermano, que nada me hubiera impedido partir.
-Eres una muchacha muy valiente, Nadia -le respondió Miguel Strogoff-, y el mismo Dios te hubiera guiado.
Durante esta jornada la tarenta fue conducida con rapidez por los yemschiks que se iban relevando en cada posta. Las águilas de las montañas no hubieran encontrado su nombre deshonrado por estas «águilas» de las carreteras. El alto precio pagado por cada caballo y la largueza de las propinas recomendaban especialmente a los viajeros. Es probable que los encargados de las postas encontrasen extraño que, después de la publicación de los decretos, un joven y su hermana, evidentemente rusos los dos, pudieran correr libremente a través de Siberia, cerrada a todos los demás, pero cuyos papeles estaban en regla y, por tanto, tenían derecho a pasar. Así pues, los mojones iban quedando rápidamente tras de la tarenta.