Miguel Strogoff
Miguel Strogoff Miguel Strogoff y Nadia no eran los unicos que seguÃan la ruta de Perm a Ekaterinburgo, ya que desde las primeras paradas, el correo del Zar habÃa observado que un coche les precedÃa; pero como los caballos no les faltaban, no se preocupó demasiado.
Durante aquella jornada, las pocas paradas que hizo la tarenta se realizaron únicamente para que los viajeros comieran. En las paradas de posta se encuentra alojamiento y comida, pero, además, cuando faltan las paradas, las casas de los campesinos rusos ofrecen siempre hospitalidad. En esas aldeas, casi todas iguales, con su capilla de paredes blancas y techumbre verde, el viajero puede llamar a cualquier puerta y todas le serán abiertas. Aparecerá el mujik sonriente, y tenderá la mano a su huésped; le ofrecerá el pan y la sal y pondrá el somovar al fuego; el viajero se encontrará como en su casa. Si es necesario, el resto de la familia se mudará de casa para hacerle sitio. Cuando llega un extranjero, es pariente de todos, porque es «aquel que Dios envÃa».
Al llegar la noche, Miguel Strogoff, guiado por un cierto instinto, preguntó al encargado de la posta cuántas horas de ventaja les llevaba el vehÃculo que les precedÃa.
-Dos horas, padrecito -respondió el encargado.
-¿Es una berlina?
-No, una telega.
-¿Cuántos viajeros?