Miguel Strogoff

Miguel Strogoff

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-Dos.

-¿Van a buena marcha?

-¡Como águilas!

-¡Que enganchen enseguida!

Miguel Strogoff y Nadia, decididos a no detenerse ni un momento, viajaron toda la noche.

El tiempo continuaba apacible, pero se notaba que la atmósfera iba volviéndose pesada y cargándose de electricidad. Ninguna nube interceptaba la luz de las estrellas, pero parecía que una especie de bochorno empezaba a levantarse del suelo. Era de temer que alguna tempestad se desencadenase en las montañas, y allí son terribles. Miguel Strogoff, habituado a reconocer los síntomas atmosféricos, presentía una próxima lucha de los elementos que le tenía preocupado.

La noche transcurrió sin incidentes y pese a los saltos que daba la tarenta, Nadia pudo dormir durante algunas horas. La capota, a medio levantar, permitía respirar un poco de aire que los pulmones buscaban ávidamente en aquella atmósfera asfixiante. Miguel Strogoff veló toda la noche, desconfiando de los yemschiks que se dormían muy a menudo sobre sus asientos, y ni una hora se perdió entre las paradas y la carretera.

Al día siguiente, 20 de julio, hacia las ocho de la mañana, los primeros perfiles de los montes Urales se dibujaron hacia el este.


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